El blog de Max Römer: octubre 2014

domingo, 26 de octubre de 2014

El gentilicio de La Pepa

A Sara Baras
A mis alumnos, esos que aman la libertad

Mientras los políticos se debaten acerca de las formas de gobierno, de las ideologías que deben regir en un momento social, y el pueblo se debate entre seguirlos o dejarlos que se gasten frente a las pantallas de televisión, Sara Baras taconea briosa.
Un espectáculo que sí, que ya ha estado en cartelera y que de verlo, de repetirse como espectador, se llena el alma, se asume el gentilicio como una lucha, como un bastión de orgullo, haciéndonos partícipes de su hacer, de su familia, de su compañía de baile, del orgullo de ser gaditana, de su también amor por Madrid.
A la manera de los autos sacramentales, en que cada escena es en sí misma una obra de arte flamenco, un trascender que rompe con las fronteras de lo andaluz y se convierte en baile universal, en canto por la libertad, en cómplice manejo del público, en sentido acompañamiento por parte de sus músicos.
La Pepa, la primera constitución española luego de la salida de Napoleón de estas tierras, es un canto intenso a una nación, a una forma de ser, a un Estado de Derecho, a las libertades necesarias en proclama, en blasón, en esa forma de ver que el pueblo, ese el sencillo, se siente protegido por sus leyes, por sus acuerdos, por lo que el constituyente de su tiempo creó.
Ese cante jondo, que sale de las entrañas del cantaor, que inunda el espacio en ese aparente lamento que clama por más libertad, que va narrando una historia de pasiones, de guerra, de ideales elevados convertidos en sueño de país y materializados en Constitución, en baile, en escenario, en los detalles que hacen que sea la gente la artífice de sus vidas, desde las marionetas del carromato que emulan las pasiones de hombre y mujer que se miran en giros sobre sus pies que, emocionados taconean determinados a ser tierra, siembra y siega.
Sara Baras, con esa sonrisa que inunda a los teatros nos lleva a un reconocimiento de su propia esencia, de esas lecciones que seguramente tuvo de sus maestros de escuela sobre ese origen maravilloso de España plasmado en La Pepa. Se le puede imaginar con su uniforme planchado, abstraída en sus propios pensamientos de baile, de faldas, de zapatos de tacón, de guitarras, esos pensamientos que se van dibujando, que se van sintiendo dentro, profundamente. Un dibujo que se fue creando con las palabras de sus mentores, esas que la iban transportando a ese portento de esperanza e ilusión que encierra entre sus páginas esa ley de 1812.
Que el cante y baile de Sara Baras siga llevando ilusión de patria, esa que tantas naciones carecen, esa que a veces los políticos olvidan, esas pasiones que nutren a los pueblos y arman el alma de ese orgullo de país.


sábado, 11 de octubre de 2014

Malala Nobel de la Paz

Si hay algo que me inspira y me regocija como ser humano es admirar a las personas valiosas y valerosas. Me gusta imaginar que les invito a dialogar, más bien, que me cuenten qué les mueve a ser gente entregada por los demás, qué les aproxima a ser líderes, qué les dirían a mis estudiantes que les saque del letargo de las redes sociales plagadas de fama y alejadas del éxito verdadero.
Hace un año invité -gracias a la entrevista que hizo Rosa Montero- a Malala a mi aula. Llegué con la revista El País Semanal a clase. Como si fuese un mago, dije a mis estudiantes que teníamos ese día a una persona especial. Del maletín saqué la revista, la coloqué a la altura de la chica que hoy nos enorgullece como premiada por la paz y leí la entrevista.
Los ojos de mis alumnos se fueron llenando. Se abrían con admiración, la misma que siento yo por esta chica paquistaní. Fuimos imaginando su lucha por un lápiz y un cuaderno, su osada determinación por denunciar a los talibán, sus escritos en su blog, su afán por saber y porque las niñas y mujeres tengan el mismo derecho a educarse que los chicos y hombres.
Pienso, igualmente, en un maestro que conocí hace 30 años en las orillas del río Arauca, de sus clases a los niños que, barrigones por los parásitos, le buscaban afanosamente para seguir con sus dedos la magia de las letras. O pienso en los muchos médicos que sin recursos, pero llenos de pura vocación, atienden a los enfermos de los muchos males que todavía nos aquejan.
Imagino que Florence Nightingale, remontando el tiempo, nos brinda su precisa forma de actuar, nos plena de ese amor que se esconde tras una buena cura. O que el mismo Mahatma Gandhi nos acompaña en su pensamiento decidido a transformar la realidad de la India en la primera mitad del siglo pasado. O a los muchos voluntarios que en silencio dan lo que no reciben de los demás.
Lo más interesante de saber admirar a las personas, es poder volcar el conocimiento que nos dejan en las aulas de clase. Se convierten en sedimento esencial para el futuro, en palabras que se accionan en el presente, en referentes del pasado. Tienen el valor de poder ser iconos de intercambio, así como que si de cromos se tratara, porque van dejando lecciones de vida, de buen hacer, de reflexiones que no están lejanas de las de todos, pero que encarnadas en ellos, en esas personas que no dejan sus labores de lado, adoptan poderosas razones para ser inspiración diaria.
Malala tiene la cualidad de ir creciendo, de convertirse en poderosa luminaria para aquellos alumnos que quieren transformar el mundo en el que viven. Esta joven es una muestra de lo que se puede alcanzar con convicciones más allá del espacio en el que se viva. Hoy, cuando celebramos el reconocimiento del premio Nobel a esta chica menuda y valiente, algunos mensajes de mis alumnos del año pasado me demuestran que sí, que vale la pena admirar e invitar al aula a esas personas que nos cuentan historias diferentes, sus defensas por los derechos humanos, por la igualdad de todos.