El blog de Max Römer: Esa sensación de ahogo

lunes, 11 de agosto de 2014

Esa sensación de ahogo

A mis amigos del whatsapp

Cuando se lee la prensa, la poca que queda en Venezuela, cuando se leen los whatsapp de los amigos periodistas que están haciendo lo imposible por dar información sobre lo que pasa dentro del territorio venezolano, siempre queda una sensación de ahogo.
Es una tristeza así, como quien se queda desamparado, en pleno diluvio universal, sin más protección que la desnudez de espíritu y la esperanza de que algún día aquella lluvia torrencial acabará. No hay un solo resquicio que no se moje. Nada que pueda guarecer de esa pequeñez humana en la que se ha convertido el venezolano. Un ser desprovisto de toda honorabilidad, de todo respeto. Alejado de las instituciones porque estas han dejado de servirle y se han volcado a ser serviles a los mandantes. Alejado de sus propios derechos, porque como dice el propio Tulio Hernández, “Si no quiere que lo ayudemos, entonces jódase”. Porque no hay ayuda, porque no hay piedad ni justicia, porque la clemencia en el único lugar que tiene espacio es dentro de las casas cuando se pide al cielo delante del retrato de los deudos y una vela prendida porque se fue la luz otra vez.
Esa sensación de ahogo es cada vez peor. Son manos sobre la garganta que se aprietan para tratar de salvar el cuello de las balas de las pistolas. O cuando se van las mismas manos a la cabeza porque la inflación es tan alta que el dinero no rinde para comer. O a los bolsillos para demostrar que no hay más monedas para cubrir la factura de las medicinas.
El ahogo se siente también cuando las cuentas de los días llegan a semanas, meses y años sin justicia para los opositores prisioneros del régimen. Primero de Chávez, ahora del que se dice seguirle los pasos. Oprobio cuando se sabe que el dinero fluye a raudales entre los secuaces y seguidores y cuando se sabe que si un automóvil entra a un taller, saldrá desvalijado por el propio mecánico que luego cobra fortunas por las piezas que sacó del carro.
Una sensación de desolación, de ya no tener ni palo dónde ahorcarte, porque la propia oposición, desarticulada y desprovista de norte, descubre que tiene que dialogar, así, de la noche a la mañana, cuando su anterior liderazgo tuvo que tomar su sombrero y salir por la puerta harto de no ser escuchado y de no ser atendidos sus ruegos por conversaciones que llegaran a algún puerto.
Venezuela y su gente sufren de los embates de la política populista del socialismo del siglo XXI. Una política populista como la que quieren instaurar otros partidos políticos de reciente creación en otras fronteras como España con ‘Podemos’. Cantos de sirenas, espejismos de bienestar y de reparto equitativo de riquezas que no son tales. Lo que está detrás de todo el socialismo del siglo XXI es desolación, desmantelamiento de instituciones y empresas, inseguridad jurídica. Bajo el manto de reformas a la constitución construye una verborrea vacía, escudada en el doble uso del género en el lenguaje con el pretexto de sumar a todos y todas, de que los hombres y las mujeres, los alumnos y las alumnas y así, un interminable doble uso del género para hacer creer que sí, que se está con todos, que todos son parte de la nación. ¡Paparruchas! Aparentes simplezas del léxico que esconden perversión y propósitos oscuros.
Así, como si de una protagonista de una telenovela se tratara, Venezuela está ciega y en silla de ruedas, buscando con la punta de los dedos, sobre una mesa cubierta por un mantel de hule, alguna cosa que llevarse a la boca, algún mendrugo de pan que sacie su hambre, al menos por algunas horas, mientras se apresura el final del capítulo con la canción de moda, con promesas de más tristezas para el próximo episodio. 

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