El blog de Max Römer: julio 2014

sábado, 19 de julio de 2014

La revolución militar de Maduro

La nueva del gobierno revolucionario, bolivariano y socialista del siglo XXI es su nueva ley de alistamiento militar. Una ley que, a todas luces, parece salida de los más retorcidos mundos de la circunscripción aquella en la que los jóvenes de hace más de tres décadas, si no se avispaban, terminaban con la cabeza rapada y eso, prestando servicio militar.
Lo más curioso de esta ley es que exige que todos los venezolanos, inclusive los que escogieron esa nacionalidad como propia, deben inscribirse y portar una documentación que diga que sí, que son militares al servicio de la patria. Curioso dato. ¿Por qué?  Porque si ni siquiera se puede obtener una cédula de identidad (DNI) en forma –y nos referimos a que no sea al estilo operativo tercermundista– o, si no se puede obtener un pasaporte sino es con interminables esperas de meses.
Así, si los tiempos de espera por los documentos elementales de todo individuo –su identidad– no se pueden obtener en Venezuela o a través de sus consulados, ¿cómo es que ahora sí el gobierno puede emitir cartillas militares a todos los venezolanos mayores de 18 años? ¡Increíble! Es impresionante cómo funciona el aparato del Estado y las instituciones venezolano-cubanas a favor de la revolución. Estamos hablando de más de 17 millones de personas (según los datos del censo 2011 del INE venezolano) que tendrán, así de la noche a la mañana, un carnet que los acredita como militares. Muy lejos del concepto de ciudadanos en la lógica bolivariana revolucionaria, por cierto.
Según se despende de la Gaceta Oficial 40.440, que contiene la Ley de Registro y Alistamiento para la Defensa Integral de la Nación, algunos de los elementos curiosos de este texto jurídico es que las empresas también son objeto de alistamiento militar, es decir, habrá un inventario empresarial pre-bélico. Recursos, materia prima manejada para la producción, información del personal que trabaja en ella y cruce de información entre la cartilla militar personal con la empresarial, extrañas operaciones de dádivas o no de divisas por causas militares, en fin, un largo etcétera que cualquier mente suficientemente hábil podría suponer.
De esa manera, la gente pasará, de la noche al día, a conformarse como ejército a las órdenes del Comandante en Jefe de la Fuerza Armada Bolivariana de Venezuela, el Sr. Nicolás Maduro. Reservistas todos. Dispuestos a la defensa de una patria que es para unos y, para los otros, desagravios y malos tratos.
Habrá de pronto eso sí, carnets para todos. Pero lo que es comida, igualdad ante la justicia, derecho a la salud, educación adecuada, seguridad ciudadana, de eso, nada. Fusiles en caso de tener que combatir con el enemigo creado durante tres lustros, el enemigo mundial ‘mesmo’, ese que fue el fantasma que no dejaba dormir a Chávez y que le quita el sueño a Maduro.
Hoy, cuando la mayoría de los países ha ido transformando al mundo militar en una profesión y volcando a la población civil al aparato productivo, Maduro pide a su Asamblea Nacional que le redacte, y así lo aprueban, una ley para que todos los venezolanos sean parte del conscripto, de la Fuerza Armada Bolivariana Revolucionaria Venezolana. Un cuartel de 882.050 kilómetros cuadrados. 
Total, una entelequia más, una cortina de acero que traerá como consecuencia que aquel que no se apunte y no lleve su carnet, sea considerado, como reza el artículo 31, en situación de renuencia, o no pueda tener opciones de viajar, o no se le conceda un crédito, no se le deje trabajar, o parir, o estudiar.

domingo, 13 de julio de 2014

El país de la Suprema Felicidad

Érase una vez un país con un mandatario tras un bigote negro muy cuidado. Un país con garzas, paisajes bonitos, con riquezas naturales y… gente harta, obstinada de estar pisoteada por el socialismo del siglo XXI. Era este un país que había dejado de sonreír. Un país sin papel toilette ¡Sin papel higiénico! ¡Sin papel de baño! Un país sin comida. Un país endeudado por más de tres generaciones por venir. Un país sin desodorante, ni jabón.
El mandatario, dando vueltas en su palacio, pensando en un sortilegio ante tanto mal, se fue a la ducha. Ideó en sus tres minutos bajo el agua, los únicos que le correspondían como ciudadano, un plan. Crearía un ministerio, un ente público que obligara a ser feliz. ¡Un ministerio para la suprema felicidad social!
La idea le pareció genial. ¿Cómo no se le había ocurrido antes? ¿Por qué su anterior homólogo no lo había pensado? ¿Cómo no PODEMOS pensar en conjunto ideas tan geniales? Sin duda alguna, se dijo frente al espejo, soy un ser superior, ungido de la verdad por el comandante supremo de la revolución.
Se apuró a peinar el bigote. Se fue hasta la sala donde le esperaban sus ministros y acólitos (ya les había entrenado para aplaudir todas sus ideas). Sin pensarlo, sin que se les pasara una idea contraria entre las cejas, le dijeron al dictador que lo debía someter al pueblo, es decir, a la Asamblea Nacional. El pueblo, enloquecido con la idea del hombre del mostacho le aprobó una ley que creó su ministerio. Doradas purpurinas (escarchas) cayeron sobre los hombros del presidente. Un frescor mentolado, como de anuncio de televisión, le llenó los ojos. Una especie de revelación de cuento de hadas iluminó sus pupilas. Era el gobernante de un país feliz. Él, y sólo él, había decretado la suprema felicidad social.
El país de ese dirigente se cae a pedazos, pero es feliz. La economía tiene un 60% de inflación interanual, pero la gente es feliz. Los estómagos de muchos no se sienten satisfechos desde hace tiempo, pero los rostros de quienes los portan son felices. Asesinan a 48 personas por día, pero en lugar de llorar las muertes, la gente está feliz. No hay nada en los anaqueles que comprar para alimentar a las familias, pero son felices los habitantes del país de la Suprema Felicidad Social. ¡Total! ¿Quién necesita otra cosa que no sea felicidad?
La historia no acaba todavía. Siga leyendo esta historia de desvelos.
La carroza del mandatario del bozo, siempre llevada en hombros por los tesoreros de palacio, de pronto, se vio casi en el suelo. Uno de ellos, el elfo de la barba blanca, dejó parte de su parihuela y salió a dar voces, revelando una carta, dando explicaciones que nadie le había pedido.
Más allá, el mandatario, se apeó de su silla, desplegó su enorme cuerpo y señaló a algunos, los dejó en la calle o les dio otras funciones con nombres diversos a los que tenían. Así, como para que la felicidad no se enturbiara. Ordenó que los medios dijeran cosas felices, que la gente sintiera que todo estaba bajo el control de los bufones, de los payasos y saltimbanquis. Nada. Nada podría con la felicidad del país de la Suprema Felicidad Social.
Los opositores, que no eran precisamente felices, terminaron unos presos y otros, como San Pedro, negando su origen. Sus llantos y quejas no podían traspasar los muros del país feliz. Era impensable que alguien dijera que no era feliz. Era imposible que alguien hablara de hambre ni de necesidades fisiológicas. Nadie podía contradecir al hombre del bigote que todo lo daba por la felicidad.
Y así. Así va este cuento del país de la Suprema Felicidad Social. El país de Nicolás Maduro, el dictador que creyó un día de 2013 que decretando la felicidad haría a un país feliz.

domingo, 6 de julio de 2014

CARLOS ALBERTO MONTANER: España, bienvenido Mr. Chávez - Carlos Alberto Montaner - ElNuevoHerald.com

CARLOS ALBERTO MONTANER: España, bienvenido Mr. Chávez - Carlos Alberto Montaner - ElNuevoHerald.com