El blog de Max Römer: diciembre 2013

sábado, 28 de diciembre de 2013

25 mil, 2 mil ochenta y tres, 69 coma cuatro, 2 coma ochenta y nueve

El resultado de muertes de 2013 es aterrador. Veinticinco mil muertos que son casi 3 muertos por hora, uno cada 20 minutos, es una cifra digna del despropósito de gobierno del chavismo. Llevan quince años en el poder y no han podido ni querido acabar con la violencia, con la indefensión, con las secuelas de la pobreza que, de endémica, ha minado a un país de balas y tras cada una de esas balas, un montón de lágrimas.

Venezuela es una mancha roja de tristezas y de podredumbre social, un espacio en el que la vida no tiene un precio mayor que el de una bala, ni una justicia superior que no sea la venganza con otra bala por parte del grupo social al que pertenezca el occiso. Ya es frecuente que cuando a algún bando le maten a alguno de los suyos, la revancha vaya contra la propia ciudadanía, toda ella. Miles de motoristas cierran las autopistas y, mientras pasa el catafalco, los automovilistas son atracados por esos motoristas, así, ante la mirada impávida de todos porque si alguno se atreve a revelarse, acompañará esa misma noche al que va en la caja.

Así las cosas. Maduro vocifera bajo su mostacho ennegrecido jurando futuro de justicia, equidad y paz. Un discurso que hizo Chávez por cada año nuevo y que ahora el delfín repite aleccionado y a la vez desafiante de unas cifras que dan parte de una guerra sin cuartel, que cierra puertas y ventanas, que mantiene en toque de queda a la población, que no deja paz a la miseria, ni a la riqueza, ni a los opositores, ni a los chavistas, ni a los que sean del Magallanes o del Caracas[1].
Pero el gobierno del despropósito, y ahora verá por qué lo llamamos así, hace creer que es una lacra sembrada, una fórmula que va contra los mismos cimientos del chavismo, que es una actividad propia de la oposición, de aquellos que no quieren que la revolución triunfe. Nada más lejos. Nada más imposible de creer. Es un despropósito cómo se mantienen los policías con un salario de BsF. 5880,00 que si fuese cierta la economía de mercado que se vive en Venezuela la conversión a euros estaría cercano a los € 679,40, pero si se hace la conversión a la economía paralela que se vive en el país suramericano, apenas alcanza los € 100,92. Con esa realidad, es poco probable que un policía, por muy sensato que sea, emprenda una cruzada contra la delincuencia porque tiene dos salidas, una venderse al mejor postor para dejar pasar fechorías y así completar su salario convirtiéndose en cómplice o, por otro lado, no involucrarse con su labor y así pecar por omisión.
Por si fuera poco, las elecciones del pasado 8 de diciembre demostraron que el hartazgo de la gente ya no cree en las promesas eternas provenientes del más allá. Más de la mitad de los venezolanos no votaron y, quienes creen que la oposición puede hacer algo, le dieron la confianza en las grandes ciudades que es donde la delincuencia campea a sus anchas. Por algo será.
Un muerto cada veinte minutos es el balance que recoge Maduro. Una porquería de logro, una verdadera vergüenza en materia de seguridad ciudadana. Un crecimiento de los serpentinas de alambre con cuchillas, un incremento en el blindaje de vehículos, más alambres electrificados que solo sirven cuando hay luz, muros cada vez más altos, barrotes en las ventanas para que el prisionero sea el ciudadano y no el malhechor, dobles puertas, cámaras de seguridad y, por si acaso, una rezadita para que el santo de turno proteja a los nuestros, ¡Dios mío! (con lágrimas en los ojos) ¡Que no le pase nada a mi muchacho!

[1] Son equipos de béisbol contrarios. Su tradición es parecida al enfrentamiento entre el Barça y el Real Madrid.

sábado, 7 de diciembre de 2013

Ciudadanos que arropan sueños

En Venezuela hay ciudadanos. Millones de ciudadanos ocupados y preocupados por el futuro de un país que legar a sus hijos. Son ciudadanos que hacen lo que pueden para llenar las ollas para dar de comer a sus familias y, así como lo hacen por sus seres queridos, están dispuestos a dar más de sí a cambio de mejoras para todos.
Son ciudadanos de todos los colores políticos, que están por encima de las diatribas que se inventan desde el poder de los partidos, que están más allá de la discusión diaria y que saben que su actitud es la que prevalecerá en el tiempo.
Esos venezolanos saben que lo tricolor es una forma de arropar los sueños e ideales, que la geografía es más que tierra y cielo, que la historia tiene más de una lectura, y que lo indígena sí que es originario, como también lo es lo español, lo africano y años más tarde, lo italiano, lo portugués y otras tantas nacionalidades que han hecho grande y bella a la gente venezolana.
Por eso estas líneas van para el bravo pueblo de Venezuela. Va para esos que tienen nombres compuestos o que sus nombres son la fusión de una pareja enamorada como Leonor y Manuel que le dieron a su hijo en nombre de Leomar; o de Eduardo y Margarita que bautizaron a su hija como Edmar. A ellos, a los venezolanos que en su originalidad son capaces de crear y proyectar futuro, a esos que se levantan cada día con el canto de un gallo, un café y una arepa, es que queremos reverenciar en estas líneas.
Son ellos los dueños del capin melao floreado sobre el cerro, del turpial, de las risas revolcadas en las olas del Caribe. Son propietarios de las pelusas del frailejón, de las nieves perpetuas y del andar parsimonioso de los morrocoyes, de las bandadas de garzas, de la altura del Salto Ángel, de la oscuridad de las selvas y de la exótica forma de las orquídeas.
Son esos ciudadanos que quieren a su país, los dueños de Venezuela.

lunes, 2 de diciembre de 2013

TRICOLORes

 A mi familia y amigos
Hubo un país encantador, que no encantado, en que lo tricolor era una expresión de lo máximo que se podía aspirar: una bandera, unas metras[i], un helado napolitano, un trompo[ii] bien bonito, una cuerda para saltar, un chinchorro[iii] para mecerse bajo unas palmeras, la cinta que recorría de arriba abajo la toga de la coral.
Lo tricolor estaba en las aves, en el turpial[iv] de ojos rasgados, en las guacamayas[v] que surcaban el cielo de Caracas buscando nido en el parque Los Caobos, o en un grupo de niños, que son como los tonos del café con leche, o más leche o más café, pero en fin, tricolores.
Tricolor era la revista que los niños compraban para deleitarse con los cuentos de un par de tíos, un tigre y un conejo, o para adivinar las palabras que faltaban a una frase, o para sacar en el cuatro[vi] una canción tratando de no equivocarse con los trastes y abanicando la mano derecha sobre unas cuerdas que pedían piedad, en lugar de masacre musical.
Tricolor era una palabra mágica. Una especie del sumun de lo más valioso, de lo más querido. Se henchían los corazones cuando el locutor decía que el tricolor nacional desfilaba primero que todos en las fechas patrias ¡y eso que la televisión era en blanco y negro! Se calentaban los zapatos muy pulidos de domingo con el sol del lunes, al verlo izar al compás del himno, aunque con los espasmos de quienes nunca aprendieron a subir la bandera con fluidez.
Los tricolores no eran solo los de la bandera. Tricolor eran las cosas de otros países, o tricolor era un plato de pasta de la Solano con salsa Da Franca y eso sí, con bastante parmesano que, por cierto, lucía también su tricolor itálico en la etiqueta. Tricolores son los papagayos[vii] que dan acentos al cielo, obras de ingeniería aeronáutica hechas con las varas de las plantas de los ríos y papel de seda.
Tricolor era la selección de creyones[viii] que se hacían para decorar los bordes de los cuadernos, así como tricolor eran las rayas de los carros[ix] más chéveres[x] que se veían en las calles. En fin tricolor era el engolosinamiento de los colores para darse espacio a ser más colores aún.
Hasta que llegó un día en que a ese país encantador, le secuestraron el rojo del tricolor. Todo lo que antes se engalanaba con colorado, todo lo que se quisiera poner de ese acento encarnado en un tricolor, no podía ser. No se podía usar más al escarlata. El rojo pasó de eso, de rojo, de colorado a tener una nueva denominación: rojo-rojito.
Y se usó el rojo hasta el cansancio. Los otros, cansados de no usarlo, trataron de rescatar al tricolor, pero a las estrellas que lo adornaban le sumaron a otra y el tricolor se mancilló. Si el caballo que estaba sobre el azul del tricolor del escudo corría orgulloso con su mirada buscando a los demás, al caballo se le obligó a correr en solitario, sin mirar al grupo, olvidándose de todos, alejándose incluso de la sabana. El tricolor mancillado, se quedó en casa, abandonó a los helados, la propia pasta se sintió afectada, las metras no brillaban bajo el sol y, si antes las cuerdas para izar la bandera iban a un ritmo un tanto espasmódico, ahora debían ir marciales, obedeciendo al militar que vociferaba rojas palabras.
Pero los rojos se cansaron de estar siempre uniformados y ahora, emprenden una campaña ‘disque[xi] tricolor para ver si se parecen a los pájaros por las tardes, o a los tonos tricolores del atardecer desde el cerro. Y se equivocan. Porque ese tricolor que charrasqueaba un cuatro y veía con atención la posición de las manos, se quedó dando golpes a las cuerdas, mientras la mano izquierda marca y pisa solamente, el acorde Mi menor[xii].



[i] canicas
[ii] peonza
[iii] especie de hamaca
[iv] ave nacional de Venezuela
[v] papagayos
[vi] instrumento música de cuatro cuerdas parecido a la guitarra
[vii] cometas
[viii] lápices de colores
[ix] coches
[x] guai
[xi] es un modo del habla venezolana para enunciar que una cosa no es sino que parece ser
[xii] posición de los dedos sobre los trastes en los que el dedo corazón está por encima del anular y el índice