El blog de Max Römer: octubre 2013

domingo, 27 de octubre de 2013

UT INNOTESCAT MULTIFORMIS SAPIENTIA DEI

A los sesenta años de mi Alma Mater

La Universidad Católica Andrés Bello llega a sus sesenta años. La Ucab o la Católica, como se le reconoce más fácilmente, es dos universidades. Una la vista, la que se muestra orgullosa con sus edificios y logros y, la otra, la invisible, la que se queda tatuada en los corazones, es la que dejan los jesuitas con sus improntas, con su palabra mágica: acompañamiento ignaciano.
Quienes han transitado por sus aulas, bien como alumnos, bien como maestros, saben que lo que se respira, llena, que deja poco espacio para el egoísmo, para el pensamiento individual. Es un aire que convierte el esfuerzo de cada quien en un hacer colectivo, en un sentir por el otro, por estar con el otro, por construir país, aunque sea un país proyectado, no es idealista, ni ensoñador. Es la Ucab donde se construye una Venezuela de verdad, de cercanía con el entorno, con los que más necesitan el apoyo: los pobres.
En ese mundo invisible que está en la Católica pasan cosas como que se hincha el corazón con el himno donde palabras domingueras adornan las bocas de todos: veneras, bordones, raudal. O lejanas como lobos. O, como todos los que nos formamos en esa casa, sabemos que si la casa vecina vence las sombras, la nuestra se muestra orgullosísima en latín, con un emblema que no representa las formas de las universidades de la Iglesia que suelen ser ovalados o redondos, sino que más bien parece un escudo de armas porque lo diseñaron así, con todos los elementos necesarios para que no quedara nada por fuera: la familia Bello, el sello de los Jesuitas y, por si fuera poco, el de la familia Loyola. Para adornarlo, el azul mariano y la bandera vaticana cercado por esas letras sobre verde en letras doradas que titulan estas líneas. Una identidad gráfica que suma todo y que si algo hace, es que representa a todos los que por las diferentes sedes que están por toda Venezuela sienten de ‘su’ universidad.
Ut Innotescat Multiformis Sapientia Dei, que quiere decir en castellano para que se conozca la multiforme sabiduría de Dios, ha sido inspiración, blasón y motor de mucho. Es su forma, su espíritu, una actitud de mantenerse firme en sus valores, en sus principios de multiplicidad, de sabiduría. Una sabiduría arriesgada, directa, pugnaz si se quiere, para mostrar las injusticias y no dejarse doblegar ante nada, ni siquiera ante los desmanes de querer desconocer a la historia patria, o desmerecer la obra que salió de la Ucab al año de su fundación, Fe y Alegría.
La Ucab es una casa de todos y para todos. Un espacio para formar líderes, gente comprometida que va por el mundo entero dejando su aporte, su saber y sus inquietudes por saber y alcanzar. Ser ucabista es tener en mente al otro y sus problemas, es brindar una mano o las dos sabiendo y sintiendo con el otro, es sentir pensar, sentir y hacer. Eso es pertenecer a la Ucab, llevar hasta los confines que la sabiduría es múltiple y que, para alcanzarla, hay que conocerla.

domingo, 13 de octubre de 2013

El diputado 99, 100, 101

La ley habilitante tiene como propósito el combatir la corrupción. Es sabido que Nicolás Maduro tiene a su favor a 98 diputados en la Asamblea Nacional y que necesita 99 votos para que su ley salga adelante. La lucha contra la corrupción… ¿será que han comprado la voluntad del diputado 99, del 100 y del 101?
Mal empieza esta cruzada contra la corrupción de Maduro si la respuesta es afirmativa. Imagine usted que quiere luchar contra algo y, para alcanzar su éxito inocula –palabra favorita en el léxico breve de Maduro- la enfermedad en aquellas conciencias que necesita plegadas en torno a sí. Tres conciencias para ser precisos o, al menos una. Serán brazos alzados con vítores, con aquella alegría de sanación que adoptan las masas cuando pierden el sentido. Un momento mágico para el ego del mandatario que sabrá, en lo íntimo de su habitación, que ha hecho mal, que ha obrado mal, que ha comprado esos votos, así como han comprado a un país con el reparto inmisericorde de camisetas rojas.
Ese diputado 99 será el señalado, el marcado, el que ha traicionado a los votos de los ciudadanos que confiaron en él. Será un maula, un sátrapa, una persona sobre la que el pueblo podrá, más tarde, volcar su ira por eso, por traicionar el deber democrático de mantenerse firme ante las convicciones de quienes depositaron en él su confianza.
Maduro sabe que unos cuando ceros acompañados de una cifra que vaya del 1 al 9 son capaces de hacer que cualquiera deje su traje y se enfunde el colorado necesario. Una cifra colocada en algún paraíso fiscal. Una cantidad que se adorna de piñas coladas y lánguidas olas en alguna de las islas del Caribe.
Sobre el diputado 99, el 100 y el 101 caerá el castigo de haberse vendido, así como hizo Judas que por un puñado de monedas entregó besando a quien era un salvador y bien sabemos cuál fue el triste final del Iscariote, una cuerda, un árbol y su cuerpo colgando al vaivén de la brisa. Así, así estará el diputado 99 el resto de sus días. Penando por haberse entregado, sabiendo que su familia sabe que fue él y sólo él quien entregó su dignidad.
Pocas palabras más merece el diputado 99 y el señor Maduro. Poco más.

domingo, 6 de octubre de 2013

Matar al mensajero o ¿dónde está el volante?

La escasez en Venezuela es comidilla que alimenta, al menos, las conversaciones. Como no hay montones de rubros, la gente pues, habla de lo que hay, dónde lo consigue, si la próxima vez me avisas y vamos juntas a comprar así, a lo mejor ¡mijita! podemos tener las dos algo que llevar a la casa. Como se trata de un mundo así, como me decían un par de cubanos hace 20 años, que el día que hay dentífrico no hay con qué ensuciarse la boca, los medios de comunicación se hacen eco de ese estado de indefensión.
Visto lo visto, viene el todopoderoso Maduro y le dice a los medios de comunicación que si siguen armando guachafita sobre el tema de la escasez, los cierra y punto. Matar al mensajero, pues. Una medida harto democrática, de esas a las que está acostumbrado el pueblo venezolano. Para seguir en democracia, esa del siglo veintiuno, Maduro hace acciones que dejan impresionado a cualquiera que no sea del área tropical: les subió el sueldo a los militares, por si algún lector ha pensado en que un golpe de derecha es una solución. Ya antes les había obsequiado nuevos automóviles, ahora, para que les pongan gasolina, les sube el salario. Así, no podría haber montoneras de esas como las que armó Chávez en el 92 con aquellos secuaces que hoy, muerto el comandante, están gozando del poder.
Para más, sin dejar nada en el tintero, Maduro va este próximo martes 8 de octubre a pedirle a la Asamblea Nacional que le otorguen una ley habilitante, es decir, poderes plenipotenciarios para hacer lo que le dé la gana porque a él, eso de tener que someter a una banda de diputados, dentro de los que están algunos de la oposición, eso le da fastidio, le aburre. Él prefiere las cosas ya, ya. Luchar contra la corrupción con una ley, acabar con el narcotráfico a cañonazos, terminar con el hambre con un cheque. Así, a lo bestia, tal y como le decían al comandante en sus eternos programas “así, así, así es que se gobierna”.
No le bastan las expropiaciones que no han servido más que para incrementar el hueco fiscal del gobierno, puesto que no producen nada las empresas arrebatadas de mala forma a quienes daban trabajo y generaban bienestar; no le basta con que las relaciones con las FARC y sus vínculos con el narcotráfico están de lo más comprobadas y hasta televisadas en aquel rescate a Clara Rojas. Ahora, en ese efectismo que les encanta a los chavistas cuando están delante de un micrófono, apuesta por una moral alta, por valores éticos y ofrece derribar aviones, multar, en fin, el muchacho bueno de la partida, el paladín de la justicia, el abanderado de la verdad, el que abrirá nuevas oportunidades en ese estilo bárbaro que tiene de gobernar.
Un manual de institucionalidad, un marco jurídico respetable, la depuración de los aparatos de seguridad del Estado, la inversión en la formación de maestros junto a la adecuación de la infraestructura educativa, la revisión de las condiciones de la infraestructura de salud, la descentralización bien ejecutada de la administración pública, la adecuada inversión en el agro, la inversión en la modernización del aparato productivo, en eso es que tiene que trabajar Maduro. Dejarse de inventar fuegos artificiales y de aparecer en los medios de comunicación por mantenerse en campaña.
Con Chávez muerto, la mejor forma de honrar su memoria, si es que honra merece, es construir ese socialismo vigésimo primero desde lo que dice el texto de la constitución que el propio comandante mandó a escribir. Si se empieza por ahí, por la comprensión de ese texto, por la separación de los cinco poderes –léase bien cinco– ejecutivo, legislativo, judicial, moral y electoral, Venezuela podría ser un modelo de gestión y democracia. Pero… tiene a un chofer de autobús que no sabe dónde está el volante del país.