El blog de Max Römer: abril 2013

domingo, 28 de abril de 2013

El odio servido

Ya no se trata de facciones de país. Las cosas en Venezuela se han puesto violentas, muy violentas. El lenguaje de pugnacidad está a la orden del día, maneras altisonantes que no ayudan a construir sino más bien a destruir lo poco que queda.
¿Por qué? ¿Qué se ha levantado luego de la muerte de Chávez? Chávez dominaba todo el panorama venezolano desde 1999. Un panorama que adecuó para perpetrarse en el poder, para que su discurso dominara y para hacer un golpe de Estado al estilo del siglo XXI. Unas formas de actuar que dieron pie para que el propio Chávez siguiera construyendo su aparato de Estado de apariencia democrático hasta su muerte en marzo de este año, lo único que no estaba en su plan de desmantelar a Venezuela.
Maduro, como heredero del proceso, no ha querido ni quiere, sumar en el proceso a la oposición porque necesita mantener el odio de clases para que el aparato de Estado chavista funcione. Sin el odio de clases, sin el odio histórico que sembró Chávez desde 1992 no es posible que se mantenga el sistema que se rige desde Cuba.
¿Qué tiene que hacer Capriles? Mantenerse en su erre que erre. Ser el opositor incómodo para el régimen y, si va a la cárcel como se lo tienen prometido, mejor para la propuesta de Capriles porque tras las rejas es un preso político, una razón para que el mundo democrático vea con ojos poco benévolos las movidas electorales de este mes de abril.
Mientras tanto la vida de los venezolanos sigue como quien acude a una película en cine continuado. Una y otra vez la trama es exactamente la misma. Asomarse a la ventana a ver si los familiares se acercan por la esquina y apresurarse a estar tras la puerta para abrir, revisar que no haya nadie detrás que le pueda emboscar, rezar todos los días para que no te secuestren o roben algún documento, tratar de mantener el pellejo con vida, abastecer los anaqueles de la casa con alimentos de larga duración por si hay apagones eléctricos, estar dispuesto a marchar o protestar seas chavista u opositor, trabajar para tener unos ingresos que permitan pagar los cada vez más escasos recursos alimentarios, y, sobre todo, estar ilusionados con que algún día se saldrá de esta pesadilla que “ojalá no la vivan mis nietos”.
Maduro sigue el guion establecido. Habla del comandante, como han hecho Fidel y Raúl Castro del Ché, como hizo Chávez del árbol de las tres raíces. Mete en su discurso a la oligarquía que quiere acabar con lo alcanzado de reivindicaciones sociales y políticas, está cerca de los pobres, habla como parte de la clase obrera (por no ser soldado), estigmatiza a los opositores y perdona a quienes estén confundidos de bando porque bajo sus brazos caben los arrepentidos.
Capriles sabe que ese es el plan.  Que la única forma de acabar con el chavismo es denunciarlo, con fuerza, con gritos, con altanerías porque así mismo es el chavismo. Son municiones del mismo calibre porque ya no hay tiempo, ni modos de hacerlo desde la elegancia con que mantuvo su discurso. Hay que jugarse el todo por el todo o perder y la derrota es entregar la trinchera ganada.
La oposición reconoce y tiene afecto por ese flaco que representa sus intereses. Más de siete millones de almas en pena cansadas de llevar esa vida en descenso le han dado su respaldo. No se arrepienten de haberle dado su respaldo a Capriles, porque de hacerlo saben que no se hipoteca el futuro, es negárselo para siempre.

domingo, 21 de abril de 2013

Sabor a duda

Las elecciones del pasado domingo dejaron un sabor de duda. Un proceso que, como ya se ha dicho, marca a un país en dos mitades, dos realidades que necesitan realmente contabilizarse. El Consejo Nacional Electoral venezolano es el garante institucional y constitucional de ese conteo y, a decir de ellos mismos, el presidente por la mayoría –no abrumadora, no desafiantemente distante– de votos le corresponde regir los destinos del país, de todo el país, el suyo y el que cree en Capriles.
Para evitarse enredos, salió la presidente a proclamar al candidato del partido de gobierno, el candidato presidente interino-encargado Nicolás Maduro. Así, ya resuelto el problema, le tocó a la oposición y a Capriles, apechugar su derrota y pedir con las cacerolas vacías, con el ánimo muy templado, que se cuenten los votos, uno por uno, caja por caja; revisar las actas de votación, las hojas en las que se firmó la asistencia y voto de cada ciudadano y así, poder legitimar o no al presidente investido el 19 de abril.
Y vienen los tecnicismos chavistas, los enredos, los “gallo tapao” que tanto les gustan. No van a contar, van a auditar a su manera. Eso de ir papelito por papelito no es lo que se va a hacer. Se revisarán las actas, se verá que tienen sus sellos y firmas, que todo tiene el “debido proceso” y en “santas paces señores de la oligarquía”. ¿Qué vaina es esa? Si la mitad de Venezuela pide que se auditen los votos, que se cuenten, que se revise todo el proceso del pasado 14 de abril, que se audite como debe ser o ¿es que tienen miedo de que se note ante el mundo que escondieron, quemaron o desaparecieron cajas con voluntades ciudadanas? ¿será que inventaron de la nada unos votos?
No se trata de un grupo de país. Se trata, de acuerdo a los resultados del propio CNE de la mitad de los electores, la mitad del país que no es poco. No se trata de cumplir con las formas “democráticas” sino de actuar democráticamente, apegado al sentido común y no al manoseo de una constitución que de tanto blandirla pareciera que tiene más respuestas que el libro gordo de Petete.
Si alguna cosa ha dejado este proceso electoral post mortem es que se ha visto que no es Maduro el líder indiscutible de la revolución y que los propios revolucionarios se cuestionan el triunfo, la pérdida de parte del electorado, la maravillosa migración de votos hacia Capriles y la Sra. Bolívar (quien se duplicó). Temas estos que dejan sin sueño a los rojo-rojitos y que los ponen al lado del presidente a revisar estrategias, acciones comunicativas de esas bien cursis que dice y deja colar, el permanente recuerdo de Chávez como si a través de pronunciar su nombre se convirtiera su discurso en legítimo.
Los tiempos son duros para el chavismo. Muy duros. No tienen a un hombre fuerte sino a un hombre  al que le queda grande el traje, la banda, el cargo y el país. No tienen a un líder sino a un acólito emergente designado en una mesa, en cadena nacional. Saben que tienen muchas debilidades porque la clase política a la que pertenecen se ha vuelto conservadora, llena de miedos por la multiplicación de los rabos de paja, porque saben que tienen mucho que perder, mientras el pueblo se pinta bigotes creyendo en que el hijo amado de Chávez será como él.
¡Al circo de Chávez le falta el dueño, se le murieron los animales y se le rompió la carpa! Bastará con ver con detalle los índices económicos, revisar el conteo de fallecidos cada fin de semana, contemplar con cuidado los anaqueles de los mercados para que lo maduro de la revolución se pudra.

lunes, 15 de abril de 2013

De la herencia de Chávez a las elecciones del 14A


Si alguna cosa dejó Chávez fue la división ideológica y política de Venezuela. Una herencia que se cobró este 14A cuando no quedó la menor duda de que hay dos países que comparten el mismo territorio: el del chavismo (que no es el de Maduro) y el de la oposición que sí es el de Capriles.
El caso es que las cosas no son para redacciones complejas, sino para enumeraciones explicativas de lo que le espera al panorama venezolano:
1)      El conteo de votos. Al dilatarlo y darle proclamación a Maduro como presidente electo, poco o nada se puede hacer para llevar tranquilidad democrática a un país que no cree en esas cifras, por demás, incompletas. Es deja en muy mal lugar al Consejo Nacional Electoral y respalda lo que decía Andrés Pastrana -expresidente colombiano- en una carta que firma declinando la oferta de haber sido veedor del proceso electoral.
2)      De la gobernabilidad y el sentir democrático. Maduro inició su mandato interino evocando al fallecido Chávez, llevándolo y trayéndolo en todo su discurso, manipulando su recuerdo y hasta hablando con su espíritu. Se enfrenta a una realidad como una pared, una oposición que respalda –aun siendo diversa en ideologías y posiciones políticas– a un solo hombre: Henrique Capriles Radonski.
3)      De la fuerza de la oposición. Ya no se trata de llamar y maltratar al “enemigo” como lo llamaba Chávez de escuálidos o cualquier otro adjetivo o sustantivo peyorativo que se le antojase al líder de la revolución bolivariana. Ahora sabe Maduro que no juega con todo a su favor y que del buen hacer de su gobierno depende la permanencia del chavismo como partido e ideología.
4)      De la debilidad de la fuerza armada. Han demostrado no tener el guáramo necesario para llevar la defensa de Venezuela y de ser el hazmerreír de la institucionalidad venezolana. Ya se verá de qué lado del chavismo están y de qué pie cojean.
5)      De los secuaces del chavismo. Empezarán a señalarse buscando culpables y diciéndose los unos a los otros que eran los favoritos del fallecido presidente. Maduro tiene que resolver los temas de herencia que recibe y ser ecuánime para mantener el poco liderazgo que tiene frente al partido.
6)      De los tiempos que vienen en materia de sindéresis. Sabemos la gran cantidad de armas que hay en los hogares venezolanos y la yesca que puede encender una reacción violenta. Basta recordar las hordas comandadas por la también fallecida Lina Ron y sus motoristas con fusil o las guarimbas[1] de la oposición.
7)      Del manejo institucional unilateral. Ya se sabe que Chávez dejó en su herencia unas instituciones perfectamente engrasadas a su sentir y mandar y que las mismas tienen una estructura blindada que le permitirá a Maduro gobernar por tres años sin contratiempos. Pero, la realidad es que en la voz del pueblo opositor no quedará vestigio de un buen hacer si no tiene ese temple. A pesar de que los medios sigan cercenados, la voz de la gente sabe expresarse y mostrarán de alguna manera, la otra cara de la moneda.
8)      Del pueblo chavista. Han votado a Maduro por creerlo abanderado y autorizado po Chávez para llevar adelante la revolución. Ese fervor se irá disipando en la medida en que Maduro no pueda con las deudas que heredó del padre político.
9)      Del pueblo opositor y la Mesa de la Unidad Democrática. Las palabras son: unión, ecuanimidad, paciencia, resistencia y mucho tino en el futuro.
10)   De los países cercanos aliados al chavismo. Ya salieron a felicitar a Maduro imaginando que con ese cariño se mantiene la chequera sobre la mesa al menos para Cuba y que lo sembrado por Chávez en la región no podrá ser defraudado. Al menos esa es la conseja que recibiría Maduro en esas largas horas de convalecencia del líder en La Habana.
11)   Del hambre que está y la que viene. Tampoco es un secreto que los ingresos petroleros tampoco están alcanzando para tanta dádiva y planes sociales sin institucionalidad. Que no son suficientes para las toneladas de importación necesarias para alimentar a un país y que el aparato productivo desmantelado a base de expropiaciones es la otra parte de la herencia chavista que recibe la Venezuela post 14 de abril.
Y falta el duelo. El duelo de todo el pueblo de Venezuela. Los chavistas que no se conforman sin su padre. Los opositores que no se creen los resultados de las elecciones hasta que no se cuente el último voto a mano y el duelo de saber que el Consejo Nacional Electoral, desconociendo que hay voces que piden una revisión del acto electoral como todo buen demócrata haría, proclama a Maduro para terminar su parte en la telenovela por entregas de la herencia de Chávez.


[1] Guarimba es la toma arbitraria por parte de unos vecinos de una calle cercándola con neumáticos encendidos, alambre de espinos y tablas.

domingo, 7 de abril de 2013

El pajarito de las mentiras


Eso del pajarito es jugar con mentiras. Maduro, asesorado como está en esta campaña, juega con los sentimientos mágico-religiosos de un pueblo que, producto del sincretismo de razas, mantiene creencias sobrenaturales y en la cosificación o animalización que pueden adoptar los espíritus, los desencarnados.

La sorpresa que generó en la prensa universal de las capacidades extrasensoriales de Maduro de poder hablar con trinos con un ave en el patio de la casa natal de Chávez, son una muestra de la clara incredulidad que tiene el ciudadano occidental de que ese tipo de acciones discursivas pudieran tener resonancia en la mente de quienes creen en ese sentir mágico, pero si se quiere ahondar en estos complejos mundos producto de la mezcla de razas que se generó en América, bastará con revisar ‘Cien años de soledad’ o el ‘Popol-Vuh’.

¿De dónde sale todo ese criterio? Los amerindios –politeístas– adoraban a todos los elementos de la naturaleza, con la firme creencia de que sus ancestros podían habitar o encarnar en animales. Los africanos importados por los conquistadores españoles y portugueses a tierras americanas, otro tanto de lo mismo. La evangelización sirvió en muchos estratos socio-culturales del Caribe para darle nuevos nombres a esas creencias. Para llevar por analogía los poderes de algunos santos católicos a las fuerzas de la naturaleza, para adorar de otras formas las creencias que chamanes y caciques profesaban. De ahí la necesidad de prenderle velas a Chávez, de saber de él a través de su espíritu, de llevarlo a altares.

El pensamiento mágico-religioso funciona considerando que al morir Chávez tiene que estar encarnado de alguna forma. Tiene que poder comunicarse con quienes le rodeaban de manera cercana, quienes le amaban de verdad. En este caso, un pajarito que le canta al ungido de la mano de Chávez, Nicolás Maduro. ¿Quién más podría tener semejante poder de comunicación? ¿Quién otro puede decirle al pueblo que es él quien abandera un proceso revolucionario?

Así, de esa manera que puede lucir ingenua, que puede parecer que es relativa al atraso cultural y educativo de un pueblo, así gobernará Maduro: inspirado, susurrado al oído en sus decisiones, atendido en sus necesidades de gobernante por los héroes de la patria, iluminado por las estrellas y bendecido por el sol y la tierra que pisó el comandante.

La campaña de Maduro se funda en mentiras, en ocultación de realidades, en manipulación del pueblo, en manejos poco responsables de temas como la muerte de Chávez, o la realidad económica de sobregiro, o crear promesas incumplidas por el régimen del comandante al que pertenece el chófer de autobuses para tratar de convocar en torno a sí a un pueblo que, sediento de esas figuras mágicas, le votará en masa a ese, que oye hablar a los pajaritos.