El blog de Max Römer: ¿Quién engaña a quién?

domingo, 17 de febrero de 2013

¿Quién engaña a quién?


Esta fe de vida al estilo de los secuestrados con el Granma entre las manos y sonrisas de anuncio de dentífrico son la comidilla de los últimos días. A los correos electrónicos de muchos han llegado también montajes en photoshop del presidente Chávez con “El Universal” y así. Una imagen que en estos tipos del retoque son creíbles o mejor, verosímiles en la medida en las que el emisor lo sea. ¿Lo será?
Se trata de ver quien engaña a quien. ¿Es el gobierno de Maduro que llevaba 68 días sin dar muestras palpables de la salud del comandante colorado? ¿Es el pueblo chavista –hambriento y embutido en la ignorancia que ha propuesto el comandante– que aferrado a un retrato salvará al comandante? ¿Fue el propio Chávez quien en un acto de soberbia sin límites mantuvo la mentira de su mejoría para ganar las elecciones y tener tiempo para manipular su sucesión?
Es el engaño del engaño. Un triángulo de amor-odio entre Chávez-sus secuaces-el pueblo chavista. Es a la vez una relación de necesaria dialéctica entre la oposición y el chavismo para construir el poder en Venezuela. Una estructura que se mantiene si y solo si el comandante está por ahí, omnipresente como un hálito espiritual de negatividad que hace que todo sea perverso. Su enfermedad, las elecciones, las relaciones del pueblo con los poderosos.
De esta caricatura se saldrá o no. Se saldrá si un buen encaminado proceso de transformaciones se pone en marcha de cara a las elecciones municipales del 14 de julio y desde las bases del poder se hacen las revisiones y acciones necesarias para emprender país. Si en esa misma fecha se puede votar a un presidente si el pueblo estará sin las vendas en los ojos habiéndose dado cuenta que los sucesores de Chávez son meramente vociferadores, gritones de feria, sin el carisma del líder ni sin los ideales bien plantados, aunque permisivos, del moribundo.
La oposición, no es cansino decirlo, tiene una oportunidad enorme de hacer, proponer, actuar, aglutinar. Aprender de los estudiantes y de su verticalidad moral. De esas angustias convertidas en protesta, en movilizaciones de calle, en proclamas. Seguir la enseña de las manos blancas y el grito “estudiantes”. Enarbolar la bandera como cobija, no como blasón político, sino como cobija en la que caben todos.
Ese país de ensueño, ese país dibujado en las aulas, que está en los cuadernos y en la mente de los maestros, que está en el corazón de los deportistas cuando ven izar el tricolor en un podio de premiación, ese nudo en la garganta que deja el “Gloria al bravo pueblo”, de eso debe estar hecho el amor patrio y no de las complicidades y marramuncias que hemos presenciado empacadas en Hummer, Porsche, Mercedes Benz. De esas que van en maletines y compran conciencias que valen lo que el mejor postor ponga en un sobre.
Hace falta que el país de oportunidades que vieron los europeos que migraron orgullosos al territorio venezolano a finales de la década de los cuarenta y toda la de los cincuenta se acrisole de una vez por todas y sea espacio de libertad, sin engaños ni mentiras, sin corruptelas ni falsos compromisos.
Basta ya de engañarse. Basta de ser parte de una comedia o tragedia. Las telenovelas son para la recreación, no para ser parte activa de ellas.

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