El blog de Max Römer: Ahmadineyad, tengo hambre

viernes, 20 de abril de 2012

Ahmadineyad, tengo hambre


Tengo hambre es el clamor del pueblo en Irán. Debe ser el grito de más de una persona bajo el régimen del dictador Ahmadineyab. Como todo dictador, creyó que a su paso en un coche descubierto por la ciudad de Bandar-Abbass el pueblo le aclamaría, le aplaudiría, le bendeciría, pero no fue así. Los reclamos de hambre acompañaron la visita de Ahmadineyab hasta el punto que una mujer, burlando todas las medidas de seguridad, casi perdiendo un zapato, se trepó sobre el automóvil, se acercó hasta el dictador y le dijo, tengo hambre.
Las imágenes de su hazaña son elocuentes1. Rodeado de un círculo de seguridad impresionante, con matones por los cuatro costados, el frente y la espalda, la mujer pudo con la fuerza de una fiera liberarse de los atropellos y, ella misma convertirse en erupción de furia, de rechazo, de verdad ciega, de saberse más tarde atendida o no, aunque fuerte en su convicción de hambrienta, en su condición de madre, de mujer, de abanderada de una verdad tan firme como el hambre, aunque se le diera de comer más tarde.
Que un hombre diga al líder de su país que tiene hambre es una razón de peso, pero que lo diga una mujer, con toda su carga de madre, con toda la fuerza que encarnan las mujeres por su condición de ser las que mantienen el hogar vivo para alimentar a las familias, con toda la potencia de su voz de mujer musulmana, es decir, disminuida frente al poderío del hombre, le da toda la fuerza de la razón a esa mujer valiente.
Tiene hambre el pueblo iraní. Hambre de estómago y hambre de libertad. Tiene hambre de ser atendido, tiene hambre de ser escuchado, tiene fuerza y valentía de burlar el sistema, tiene gónadas de plantarse frente a lo autoritario y gritar su hambre.
Mientras Ahmadineyab exhibe su fuerza y competencia en el poder mostrándose con sus aliados del planeta y siendo disruptivo en lo que a valores humanos se refiere, es el pueblo el que le recuerda que como líder debe ocuparse del pan. Es una mujer, poco menos que nada en la cultura musulmana que él encarna, la que le increpa por ese pan de madre, por ese mendrugo que necesita ella para llevarle a sus hijos algo que comer.
La carrera por el uranio enriquecido y la bomba nuclear que tanto teme occidente, no para a este dictador, pero sí es el pueblo el que está dispuesto a pedirle, aun sabiendo que podría costarle la vida, la atención necesaria para seguir adelante como seres humanos, al menos tener derecho a comer algo.
Por mucho poder que se quiera acumular, por mucho que se muestren razones vestidas de ojivas mortíferas, el hambre del pueblo desvela cualquier estratagema, cualquier inconformidad, cualquier vestigio de poder, porque las panzas crujen y no dejan dormir, porque el concierto de tripas no deja espacio para noches silentes.
Las acciones de comunicación política, cuando no se piensan con cuidado, como debe ser, resultan bumeranes para quienes esgrimen modos diversos de actuar que no se apegan al sentir ciudadano. Ahmadineyab y sus secuaces del planeta olvidan con frecuencia que son pueblo, que son olla de caldo y que ese caldo se alcanza siempre que haya verduras y proteínas en hervor. No se hace nada, repito no se hace nada en la política, si en los estómagos del pueblo hay hambre o si tras las rejas se respira, incluso se intuye, la libertad perdida.

1 comentario:

Heidy Ramírez dijo...

por qué hay gobiernos de una sola persona..? deberíamos volver a los triunviratos a los senados...sin duda no es menos ni más que la frase tengo hambre haya provenido de una mujer valiente... simplemente es denigrante que en esta época con tantos adelantos, tantos medios de comunicación, tanta producción, tanto imperio chino americano o del origen que sea... ni siquiera se pueda hablar de que el más básico de los derechos humanos sea respetado en todo el planeta...