Las
tropas rusas descubrieron por el olor el horror que habían hecho los nazis.
Desde que se liberaron a los prisioneros de Auschwitz
a esta etapa de nuestras vidas, se supone debemos celebrar la paz conmemorando
a los millones de personas que perdieron sus vidas en manos del oprobio
político.
Si bien es cierto que los campos de concentración que idearon los
nazis en su tiempo no se han vuelto a repetir, si es cierto que la paz sigue
siendo un desiderátum no alcanzado. El holocausto sigue manteniéndose en
diferentes fronteras. Se diezma a la población por temas políticos, como se
acaba la gente sencilla dejándola morir de hambre. Se mutila por asuntos
religiosos y se execra a las mujeres por ser eso, mujeres. Se discrimina a las
personas por el color de su piel, el acento de sus palabras, el color de sus
pupilas. Todos, elementos que nos alejan de la paz.
Así, como el horror del holocausto acabó con la vida de judíos,
gitanos, políticos disidentes, ciudadanos poco convenientes, personas de moral
alejada de la pureza esgrimida por Adolf Hitler y su combo de matones, así
hacen muchos gobiernos al no dejar que sus compatriotas tengan alimentos, sean
masacrados en las calles por ajustes de cuentas o por poseer un par de
zapatillas deportivas de mejor calidad que las del vecino o simplemente por
profesar una fe.
La paz, dibujada como una paloma blanca con una rama de olivo es
uno de los valores más complejos. Refleja exactamente lo contrario a la
naturaleza pugnaz de los ciudadanos, de los políticos. El Diccionario de la
Real Academia Española define en su sexta acepción a la paz como “virtud que pone en el ánimo tranquilidad y sosiego, opuestos
a la turbación y las pasiones”. Es decir, para definirla no hay manera
de darle un cariz de sosiego solamente, sino contraponerla a la turbación y las
pasiones. Prefiero, desde esta
tribuna, definirla más bien como tratar de alcanzar el sosiego y la
tranquilidad como manifiesto deseo de ser humano.
Creo firmemente en la paz y en la democracia. Creo que los derechos
humanos nos regalan cada día la posibilidad de sonreír. Soy ferviente admirador
de la libertad, del orgullo del trabajo bien hecho, del calor de la familia, de
la sinceridad expresada. Pienso que si cada familia pudiera multiplicar sus
buenos momentos, una especie de exportación de archivos hacia la sociedad,
seríamos mucho más felices todos. Pero, el atropello nos caracteriza, la falta
de consideración nos apabulla, la realidad de las filas nos agobia, esperar con
paciencia nos altera, ser pugnaces nos hace dignos de estar en la palestra y
eso, como es que el superlativo esperado.
Parece que la paz se rige por un reloj distinto al de la vida
cotidiana. Si la vida diaria va al segundo, la paz necesita cuartos de hora. Claro,
es que la paz se acompaña de tranquilidad y de sosiego, tal y como dice el
diccionario. Parece que suplir esas sensaciones que acumulamos los domingos se
nos pervierten en cuanto aclara el lunes, se nos sale el lado guerrero, se nos
acelera el tiempo, las ansias por competir y la paz, la propia la que debemos
transmitir, la dejamos aparcada hasta el próximo domingo.
¿Qué nos pasa? ¿Por qué somos incapaces de disfrutar la paz? ¿Es
que somos como el diccionario que para tenerla debemos contraponerla a la
turbación y las pasiones para saber que nos llega el domingo? ¿Qué les pasa a
tantos dirigentes que buscan que sus ciudadanos se enemisten para que sean
ellos los ungidos de la verdad y los portadores de los blasones de paz?
Por lo pronto, vaya usted señor lector, en y con paz. Ese es mi
deseo para usted este día de la paz y que sus dirigentes sean gente de paz,
gente que lleve a su nación por la senda de la paz.
1 comentarios:
Te felicito por la realización de un blog tan interesante. Un saludo y éxitos.
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