Si algo tiene la historia es que está llena de personajes. Ilustres
unos, denostados otros. A los primeros se les rinde homenaje, de les celebran
sus logros, se recuerdan con orgullo sus hazañas. De los segundos, se conmemoran
los oprobios, las amenazas y las sentencias que en su día ejecutaron.
Si revisamos una efemérides, el 17 de diciembre de 1830 fallecía
en Colombia el venezolano decimonónico más mencionado en los últimos tiempos,
Simón Bolívar. Y, no es que no merezca reconocimiento este prohombre de la historia,
sino que de tanto reconocerlo el presidente Chávez lo ha convertido en una
especie de caricatura. Bolívar en boca del comandante es un dibujo
ridiculizado, grandilocuente y exagerado, sino un hombre, un semidios que reina
en el cielo particular del teniente coronel. Un firmamento al cual él quiere
pertenecer y, si lo deja la historia, emular.
En este aniversario de la muerte de El Libertador, ha
devuelto el cadáver a un catafalco especialmente construido, le ha rendido honores
y, para rematar, afirmó frente a la osamenta “40 años después siento mi alma liberada, porque sabemos sin duda que
estás aquí, padre, eres tú” para luego agregar “resucitó, salió de su sarcófago
para hacerse pueblo”. Una cursilería propia de su simpleza intelectual, una
manera de hacer creer al pueblo que él, Chávez, ungido de la verdad
bolivariana, libertará a los pueblos del poder del enemigo, el capitalismo.
La historia de Chávez no está cerca del fin. Le queda mucho
recorrido en este proceso de darse su puesto en la historia, porque él como
muchos otros, es del segundo tipo de personajes del libro. De esos que se van a
conmemorar momentos que darán lecciones a futuro, del no deber ser, del no
hacer, del no repetir. Me imagino a una madre aleccionando a su hijo “¡No sea
como Chávez! ¡Mire que ese hombre es malo! ¡Una mala junta!”.
Los personajes ilustres de este tiempo escribirán la
historia que Chávez ha negado. Harán las versiones de él que están en el
reverso de las páginas que él mismo dicta se escriban para que sean los niños
los que lean las aventuras de Hugo Rafael, esas que más que decir de las
afrentas a la democracia, hablan de las bondades de un dictador que fue capaz
de sobreponer su poder sobre el de la Asamblea Nacional para dictar más leyes
que las que hicieran los parlamentarios.
Si los héroes de la independencia latinoamericana levantaran
sus cabezas, los mandatarios de hoy escudados en ser abanderados de la voluntad
del pueblo, verían como son enjuiciados por esos seres que, arriesgando todo,
fueron capaces de ver las oportunidades que la coyuntura española de inicios
del siglo XIX les dio para liberarse de la corona. Otra hubiese sido la
historia sin Napoleón Bonaparte pasando fronteras a derecha e izquierda con sus huestes.
La historia, dependiendo de la frontera que se lea, tiene
héroes o cobardes. Cuando las dos fronteras son capaces de reconocer al héroe,
entonces lo es. Cuando no es así, estamos frente a personajes que son
pendencieros, pusilánimes, oportunistas, dictadores, cobardes, tiranos. Solo la
historia y la justicia serán capaces de darle a Chávez el justo espacio que
merece. Ya veremos cuanto oropel lo va a decorar en el futuro y si su sarcófago
estará bordado de estrellas de oro como él le mandó a hacer a los restos de
Bolívar.
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