Ahora resulta que es la oligarquía venezolana la que esconde alimentos.
Ahora resulta, otra vez, que los militares irrumpen en los depósitos de víveres
para decir que es la oposición la que acapara. ¿Recuerdan los lectores al
general Acosta Carlés dando una lección de urbanidad y buenas costumbres? Por si lo
olvidaron, les copio este enlace de sus buenas maneras http://www.youtube.com/watch?v=px04jhigE-0
También resulta que todo el aparato del gobierno a través de
Mercal, sus marcas creadas ad-hoc y
sus criterios de importación desde todo aquel país que les venda cualquier cosa
que se pueda comer, son meras especulaciones de los medios de comunicación.
Resulta, ministro de la alimentación Osorio que ya está. Que el cuentico nos lo
sabemos, que la gente sabe de los contenedores repletos de comida que dejaron
podrir en los puertos por la inoperancia del gobierno militar y despótico que gobierna
a Venezuela desde el siglo pasado.
Es patético ver cómo con una cámara de TV y un par de
periodistas, sean los chavistas tan manipuladores y hacer creer que la crisis
alimentaria venezolana se debe a los pocos distribuidores privados que quedan
en el mercado de abastecimiento de comestibles. Si no hay leche es porque no se
ha fomentado el agro, si no hay legumbres, igual. Lo que falta en Venezuela
para dar de comer es voluntad, gónadas para emprender transformaciones en
materia agrícola, no shows mediáticos, ni acusaciones a la oligarquía. Observe
que, de tanto señalarla, ha quedado minimizada a una especie de sombra a la que
hay que acusar de cualquier manera, así como se acusa a los gatos cuando alguna
cosa falta en la batea (artesa para lavar).
Lleva tanto tiempo en el poder el comandante colorado que se
les olvida la larga lista de estrategias comunicativas que emprendieron un día.
Lleva tanto tiempo la desmedida política que la falta de alimentos ya no es
noticia, es lo ordinario, es lo que falta en los anaqueles de los mercados
desde hace tanto que da igual lo que se ponga en ellos. Total, como me dijo un
cubano hace dos décadas, cuando tenemos dentífrico no tenemos con qué
ensuciarnos los dientes y cuando tenemos qué comer, no sabemos con qué
limpiarnos.
Como ha sido la consigna, hay que hacer que la sociedad
venezolana se iguale con la revolución. Se iguale hacia abajo. Que si le
quedaba alguna cosa era dignidad y ya, de tanto manoseársela el comandante y
sus secuaces no queda ni eso. ¿Cómo se llamaba? ¿Honor? ¿Era esa la divisa de
la Guardia Nacional? ¿No era una de las frases del himno nacional venezolano?
¿No decía la virtud y honor?
De tanto bolivarianismo las palabras del comandante ya lucen
a Caribe (piraña) disecado, a baba (caimán bebé) con liqui-liqui, a chinchorro (hamaca) con tricolor patrio tan mancillado. Un venezolanismo que es una caricatura, no un orgullo de serlo, sino
una especie de sorna permanente, de mofa insulsa, de risita de adolescentes en
un patio de recreo.
Si hay una vergüenza planetaria es lo que ha hecho Chávez
con Venezuela. Un país que le confió su futuro, que creyó en que lo libertaría
de la corrupción, que le sacaría del hambre, de la falta de trabajo, que le
devolvería la dignidad y le diferenciaría de aquellos tiempos del “ta’ barato
mayamero”, es hoy un país devastado, acabado, con una población diezmada a
balazos o, que de tanto horror, huyó fuera de las fronteras y hace vida en otras
latitudes.
Si en algo se parece el comandante mandante venezolano y su
gobierno es a un sábado por la tarde haciendo zapping. Seguramente nos topamos
con las mismas noticias de hace 10 o 12 años. Un déjà vu. Esta vez alimenticio.
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