El blog de Max Römer: Con palabras

domingo, 19 de junio de 2011

Con palabras

A principio, fue el verbo… y el sustantivo, y el adjetivo, y el adverbio.
Hay palabras bien sonantes y otras altisonantes. Hay palabras que por su sonoridad parecen un acorde de trompeta, como trataré. Así, tra-ta-ré. Otras que, por ser superlativos de algo magnífico se llevan la palma por su originalidad, chévere, guay o, como dice uno de mis hermanos, stuupeeendooo, saboreando cada letra, comiéndose la “e”, marcando la pe como si las consonantes se tildaran, mientras cierra un ojo, no lo pica, sino que lo cierra, no sabemos cómo lo hace, provocando la complicidad de compartir con todos los presentes que eso, esa cosa, está estupenda.
Hay palabras que desvelan una enorme admiración por otro, ese sentimiento infinito e indescriptible, esa sensación placentera de saberse unido, un momento, sin duda, que queremos que se prolongue y que lo personalizamos de tal forma, que le hacemos tan propio que lo decimos quedo, un poco para adentro, audible sí, pero con los ojos entornados, declarantes con ese brillo del cine en blanco y negro: te amo. Es complejo, porque es tan breve que casi no es posible entender cómo en tan pocas letras se puede contener tanta emoción, tanta belleza y tanto porvenir, de allí su fuerza, su candor.
Cuando no se tiene nada qué decir y nos ponen un micrófono delante, decimos “nada que declarar” o “sin palabras”. Y resulta que sí estamos usando palabras.
Las palabras nos arropan. Nos marcan e ilustran la vida. Un bebé, en su ejercicio de vocalización inicia con papapapapa o mamamama y así, en esa competencia que a quien quieres más, el padre oye papá y, la madre, mamá. Ya al final de la vida, nos acompaña una lápida que encierra en palabras lo que, los que nos quedamos, queremos que se recuerde siempre de nuestro querido: "Viviste como quisiste. Vives en nosotros", como se lee en la de mi madre.
También hay palabrotas. Así, grandes y horripilantes como guerra, odio, amenaza, violencia, segregación, persecución, arma, bala, mutilación. Son palabras que son peores que los tacos o groserías, porque llevan consigo humillación, tristeza y freno al porvenir de los pueblos. Si se analiza el discurso de los autócratas –otra palabra horrible- y se le pone a las palabras el gesto que hacen esos sujetos –señores es para gente que merece el nombre- las palabrotas se subrayan de tal forma, que lejos de iluminarse, se oscurecen y hasta les salen dientes.
Cuando nos entusiasmamos, prolongamos las palabras. Gol es la favorita para prolongar. Los goles en fútbol no son goles, son golazos, son determinantes esfuerzos por encajar un balón en una red, salivazos de narrador, gritos emocionados de aficionados, abrazos llenos de testosterona de los jugadores. Por eso, gol no es gol, es GOOOOOOLLLLLL, alargando las oes y las eles, nunca las ges, y le agregamos más palabras que enaltecen a ese gol, lo aderezamos con brincos, lo enmarcamos en la historia deportiva y quizá, hasta le demos una copa.
Cuando se deja un día para celebrar -otra palabra bien sonante porque se acompaña de fiesta, brindis, risas y abrazos- al idioma español, con esa letra tan curiosa como la eñe, con su ceño levantado, así, con señorío consonántico de articulación nasal y palatal (DRAE), pues, que se siente como que si 500 millones de hispanohablantes tuviéramos que poner una palabra favorita y empapelar una plaza de palabras, decretar fiesta mundial y, que corran la alegría, la algarabía y los besos, aparquemos las palabrotas horribles y, si queremos, borremos sus significantes, las causas que las producen y ya sin significados, vivir mejor. Pero, dejaríamos a la historia sin nada qué contar y entonces, habría que ir otra vez al principio de los tiempos, buscando al verbo primogénito.

No hay comentarios: