El blog de Max Römer: Pusilanimidad, prudencia o pugnacidad

domingo, 13 de marzo de 2011

Pusilanimidad, prudencia o pugnacidad

Los días aciagos que viven los libios, la gente común y corriente como usted y yo, no la deseamos. Eso sí, nos gustaría que en caso de que nuestros gobernantes apuntaran sus armas contra nosotros, halaran el gatillo y dispararan, alguien nos protegiera.

Los libios tienen a un Gadafi que no sabe ya cómo arreglarse el turbante frente a todos los crímenes que colecciona como autócrata. Los libios tienen una producción petrolera –que si bien es cierto no es la mayor del planeta- abastece a buena parte de Europa. Los libios, ergo, están, como otros países que tienen energía fósil, fastidiados, por no escribir otra palabra.

En estos días, Mustafa Abdeljalil, líder del opositor Consejo Nacional de Libia, fue entrevistado por el diario ABC y expresó que a Europa le importa más el petróleo que la vida de los propios libios. Por lo visto, los gobiernos agrupados en los organismos internacionales hacen caso omiso a las necesidades de los pueblos y se abocan a eso, a la prudencia diplomática y, de tan prudentes, quedan pusilánimes.

Una pusilanimidad que pasma, pero que a la vez, clama por revisiones a la pugnacidad demostrada en Afganistán, región donde a la fecha, una década más tarde, siguen las tropas tratando de llevar una gobernabilidad occidental que desencaja con las formas, que son el fondo, del mundo afgano y su cultura. Choque de civilizaciones que no acabamos de comprender.

Los ciudadanos pasmados sobre el sofá. Se oyen los qué barbaridad, cómo sufren, cambia eso, ojalá que no suba el precio del diesel, mientras otra gente, también en su sofá, recibe un bombazo en la cabeza sin darle tiempo a la posibilidad de pulsar el control remoto de su televisor.

Sí, los carburantes y sus precios son parte fundamental de la estabilidad de las economías, sobre todo las no productoras de petróleo, pero la inestabilidad de los ciudadanos es a la vez causa de muchos más desequilibrios en el plano migratorio.

La ONU, la OTAN, Europa y Estados Unidos tienen mucha responsabilidad en los países que ven en estas fechas revueltas por las ventanas, en vivo, sin mediaciones de los noticiarios. Son a la vez, desde nuestro punto de vista, garantes y cómplices de gobiernos como el de Gadafi en Libia, el antiguo régimen de Mubarak en Egipto, el de Ben Alí en Túnez… el de Chávez en Venezuela.  

Cada vez más los ciudadanos muestran al mundo el poder de su organización. Poder que sobrepasa al de los políticos, al de los partidos en instituciones. Un poder que se mide en cantidades de seguidores y, como pasa con la espuma, vuelve a su nivel cuando terminan las inquietudes que movilizan a esa ciudadanía.

El reto de la política contemporánea es mantener el pulso de la ciudadanía, proponer desde el conocimiento del entorno las soluciones y, más allá de proponer, actuar en consecuencia con la autoridad que el ciudadano, en esa pluralidad que le otorgan las redes sociales, espera delegar en liderazgos a la medida de las circunstancias.

Si la mirada la enfocamos en los organismos internacionales, las reacciones son rápidas en mostrar solidaridades en ayudas ante catástrofes – terremoto y tsunami de Japón -, pero muy lentas y complacientes en aquellos casos en los que la actuación militar, los bloqueos económicos o el petróleo están en juego. Así, bajo el manto de los votos la mirada se vuelca a mantener estables los índices de producción, el barril de crudo a precios contralados y, si se puede tener control sobre las refinerías para que el precio de los derivados no oscile hacia el alza.

Ya no se trata de ideologías de derecha o izquierda. La política contemporánea ha pasado a jugar un papel de abanderar procesos de profunda reflexión social, de alteraciones de la vida de la gente, de la comida de la gente y de su bienestar como individuos. Se trata de la protección de los hogares, de las mujeres y niños, del trabajo que enaltece y enorgullece, no sólo de mantener las condiciones macroeconómicas. Los autócratas del mundo acaban con esas garantías del individuo, con esas formas de comodidad que todos anhelamos y las acaban porque de esa manera mantienen el terror, a la gente en toque de queda, a las mujeres ancladas a maridos que nos las respetan como Aisha la dama afgana que perdió su nariz y orejas por la violenta reacción de su esposo y, un largo etcétera.  

No mirar con atención lo que esos gobiernos autocráticos han estado haciendo con sus ciudadanos, clamando con sus cacerolas por transformaciones democráticas desoídas por la supuesta bondad de los yelmos azules de la ONU, es hoy, en tiempos de la ciudadanía activa de las redes sociales, una desfachatez ¿No?

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