El blog de Max Römer: noviembre 2009

miércoles, 25 de noviembre de 2009

Sátrapa

(Del lat. satrăpa, este del gr. σατράπης, y este del avéstico ẖšathrapāvan, protector del dominio).
1. m. Gobernador de una provincia de la antigua Persia.
2. m. coloq. Hombre sagaz, que sabe gobernarse con astucia e inteligencia, o que gobierna despóticamente. U. t. c. adj. (Fuente: rae.es)


El pasado lunes 23 de noviembre, “El Mundo” de España nos regaló una flecha en baja para Chávez. En esa página pasan los líderes de todo tipo: deportivos, culturales, políticos, españoles y extranjeros, sin distingo de raza, credo o religión. La pequeña viñeta decía palabras más o menos que el presidente de Venezuela está entre los sátrapas del mundo. Evidentemente, si nos vamos a la definición del diccionario, no se trata de que gobierne Persia, sino más bien desde la segunda de las acepciones del diccionario: sagacidad y despotismo.

El primero de los términos, sagaz, refleja sin duda alguna que para poder haber llegado a gobernar durante 10 años, más los que faltan, requiere conocer al mundo político de Venezuela , cómo funcionan las alianzas, el político opositor, a pesar de que se les ha sumado una buena parte del pueblo encabezado por sus mujeres y estudiantes que han dejado la piel en las calles. Ha sabido gobernar desde el hambre, para el desempleado y ha logrado ese compromiso, “resteo”, que más que un lema es una máxima de vida para muchos.

Del despotismo, la otra palabra de la segunda acepción, no hace falta mucho para describirlo. Basta ver las formas de dirigirse al país desde su tribuna de “Aló, presidente”, los despidos masivos de PDVSA con silbato de réferi, el cierre de estaciones de radio y RCTV, las amenazas continuas a las libertades, la falta de inversión en materia de infraestructura que 10 años después se nota y mucho, al punto de tener que explicar que tres minutos para el baño son suficientes, claro, con la sorna correspondiente a quien más que una orientación, que no le toca, conmina a un comportamiento.

Se es sátrapa también porque se desatiende la salud y la seguridad como ha hecho en estos tiempos. Es más fácil tener al país encerrado en sus casas a las 6.00 de la tarde que preparar policías, instalar cámaras de seguridad, comprar patrullas y mantenerlas. Son formas de sagacidad que –como dicen las abuelas- claman al cielo.

martes, 17 de noviembre de 2009

Más allá de los tubos de escape, ciudadanos globalizados

Hace apenas unos días, el mundo celebró la caída del muro de Berlín. Una celebración por todo lo alto que destacó la fuerza del pueblo por estar unido, por ser uno, por construir. Una celebración que ha dado mucho de qué hablar y escribir.
El muro era una vergüenza que cicatrizaba a la humanidad, tal y como muchos líderes políticos pretenden hacer con sus incendiarias palabras. Pero a ellos no van dedicadas las palabras de este “blogger” hoy. Van a uno de los líderes que coadyuvó a la gestión de esa caída ideológica: Mihaíl Gorbachov.
Este expresidente de la URSS, “Gorbi” para los norteamericanos, planteó en su columna de ayer en el diario "El Economista", que el nuevo muro que tienen los dirigentes políticos es el del cambio climático. Y no deja de tener razón. Implica más allá de declaraciones y buenas intenciones. Se trata de verdaderas políticas mundiales para la reducción de los combustibles (aunque no le guste a los países productores de petróleo), por un consumo racional de energía, por la adecuada educación del uso de cargadores de teléfonos móviles y laptops, por el uso y reciclaje de la basura, por la racionalidad del alumbrado ornamental. Es bárbara la nueva tarea. Se trata, como dice Gorbachov, de que si en el pasado la carrera de la guerra fría nos planteaba que el fin del mundo estaba en las ojivas nucleares -no es que no lo esté hoy en manos de desalmados líderes fundamentalistas y sus despóticos aliados- hoy, esa realidad está en los tubos de escape de fábricas y automóviles.
Así, la tarea política va más allá de la cotilla partidista y ese diálogo de “quítate-tu-pa’ponerme-yo” porque lo que viene, si queremos legar algo a quienes nos sobrevivan al final de la centuria, debe pasar por esa toma de conciencia -como decía el superior general de los jesuitas Peter Hans Kolvenbach- de que las cosas pasen de la mente al corazón y de allí, a las manos.
La labor pendiente es la de crear ciudadanos globalizados, gente que sepa que lo que haga o deje de hacer tiene repercusión planetaria, impacto global. Una actitud que va más allá de la calle donde habitamos.
Manos a la obra y firmen, señores mandatarios, dirigentes y presidentes, el tratado por resguardar el equilibrio ecológico mundial que se propondrá en Copenhague en diciembre próximo, vean que el futuro está en sus manos, más allá de los tubos de escape.

miércoles, 11 de noviembre de 2009

El sueño de "mi comandante"

Dormido, en la alucinación del sueño, con el ronroneo del aire acondicionado que le impide que lo piquen los zancudos del dengue, va mi comandante (en minúsculas a propósito) por el campo de Carabobo, con las calzas blancas y las botas cubiertas de polvo, sobre su caballo blanco, siempre con la mirada a la izquierda –rosa de los vientos inventada una tarde de domingo sin helados para cambiar los símbolos del país que destruyó-, con la espada de El Libertador desenfundada y esgrimida en señal de ataque. A su orden, su tropa carmesí -hambrienta, descalza pero confiada en el resteo del hambre y el desempleo- sale en tropel hacia el enemigo que está al otro lado del espejo.
Se siente eufórico en su sueño. Lleva su uniforme de batalla, la chaqueta antibalas que le regaló Fidel, la franela roja necesaria para ser identificado y la vista entornada en el ideal revolucionario de hacer que América sea única, bolivariana y rendida a sus pies. Esa mirada que pone cuando se imagina inmortal, todopoderoso, ungido de la verdad.
Atrás la grandeza del país. Allá se quedó la tecnología necesaria para hacer crecer a la industria nacional, todos a la vez en una ducha de tres minutos a la usanza del líder máximo de la pobreza en la que nos ha sumido, sin electricidad para conservar los alimentos menguados que ofrece Mercal en sus lánguidas estanterías o para contemplar las hazañas televisadas del gran visionario del siglo XXI.
Ahora, con la mirada a la izquierda, hacia Colombia, amenaza y recula; recula y vuelve a amenazar con sus armas rusas recién compradas porque el ejército que necesita ya lo armó desde la Asamblea Nacional al modificar la Ley de la Fuerza Armada y volcar al pueblo pacífico de Venezuela al uniforme a juro, ese que impuso desde que está en el poder, que abrigaron algunos millones y que ahora están obligados a vestir al grito de Patria o Muerte tras blandir la espada que no le pertenece y que ha blandido más de una vez burlando la memoria del héroe y padre de la PATRIA.
Queda siempre la pregunta –siempre pasa antes de las guerras- de por qué no volcarse al enemigo de la delincuencia desatada en casa, esos miles de muertos que lleva en el conteo de sus años en el poder, esos secuestros Express que cada día se silencian más y ese mundo hórrido que es pesadilla de muchos y no le quita el sueño a mi comandante.