El blog de Max Römer: El cabo Guerra

sábado, 12 de septiembre de 2009

El cabo Guerra

Llevo días macerando esta crónica. No sé si por el estupor que me causó, por la rabia que me dio, o por la sensación agria que dejó.

El caso es que el pasado 18 de agosto emprendí viaje con mi familia hacia España y tuvimos la revisión del equipaje por parte del Cabo Guerra. Nombre, por cierto, inolvidable. Un militar apellidado Guerra es sin duda, un nombre de telenovela. Me quedó preguntarle si se llamaba Armando. Cabo Armando Guerra sería más tele novelesco aún. Bueno, al grano.

Enfundado en su uniforme verde de campaña, con un tubo de “Ovolmatina de chocolate” que sorbía con impaciente mohín, se ocupó de revisar el equipaje de varios viajeros que vinimos a Madrid por Iberia. La revisión en el aeropuerto de Maiquetía más sórdida no puede ser. Al pie del avión, en la zona de carga de equipajes, este sujeto hace abrir las maletas, pincha o puya con un punzón diversas partes de la valija, revisa la ropa al trasluz -me dio mucha vergüenza y pena, como caballero que me precio ser, ver cómo le hizo este gesto a la ropa interior de una religiosa que me precedía en la cola de revisiones- y luego de constatar que uno no es el narcotraficante que busca, molesto, sin más, ordena el cierre del equipaje sin permitir el mínimo de orden posterior al estropicio creado.

Sin duda, la ignorancia personificada en aquel sujeto narcodependiente que olía con fruición la punta de aquel instrumento punzante y lacerante de la dignidad de tantos viajeros.

Uno se pregunta por el lado amable de las cosas. ¿Cómo seleccionaron mi equipaje de entre tantos? ¿Por qué de nuestras maletas sólo escoger dos? ¿Cómo se llega a sospechar de un equipaje en particular? ¿Cuáles son las constantes que tiene la Guardia Nacional para solicitar la apertura de una valija en particular?

La fórmula es simple. Llegas al mostrador y un guardia nacional (en minúsculas) te habla con voz queda y autoritaria para saber hacia dónde viajas, por qué viajas, a qué te dedicas, le muestras tu boleto y pasaporte, lo típico frente a la autoridad. Provoca ponerse la mano en la oreja y decirle -¿Qué?, y hasta repreguntarle al estilo reporteril, mas como siempre los uniformes intimidan sobre todo los revolucionarios, uno contesta cortés y directo sin alterarse. Entonces, el uniformado toma nota de tu nombre, te da una explicación inaudible y se marcha con su cara de “deber cumplido”.

Con la nota hecha, pareciera que da un parte a algún superior para que tus maletas sean requisadas más tarde, porque a todos los que nos preguntó, nos llamaron a los bajos al avión. Sin duda algún mérito para lucir más tarde una cinta de colores de esas que distinguen las divisas del honor de la Guardia Nacional (ahora Bolivariana).

Uno trata de buscar explicaciones a este incidente y sabe que el puente del narcotráfico está construido de ladrillos diversos: dediles en el estómago, vajillas enteras hechas de cocaína, doble fondos, tacones huecos, en fin, la imaginación es tan pródiga como espacios para el escondite.

Así, con esa información sobre el narcotráfico que uno conoce, se acepta de buen grado que se te revise el equipaje con rayos X en las aduanas, que se tomen un tiempo para preguntarte si lo hiciste tú, quien estaba contigo, para dónde viajas y por cuánto tiempo, pero con notitas al margen de la lista de pasajeros, la cosa se hace sospechosa.

Lo que sí no es concebible es el maltrato y la falta de respeto, el uso de las cosas que llevas con la burla correspondiente de parte del destacamento, el desparpajo y falta de atención a las mínimas normas de cortesía, la dilación al vuelo por no hacer las tareas de revisión a tiempo sino con el avión en pista y los pasajeros a bordo o a punto de subir a un vuelo trasatlántico. Esto se repite con mucha frecuencia, por cierto.

Me precio de haber viajado algo en esta mitad de vida que llevo. De haber subido y bajado maletas de aviones, trenes y buses. Tuve un incidente en la frontera de Suiza e Italia en 1991 por un medicamento que llevaba para un paciente de mi padre que no le gustó al Rin-tin-tín de turno que lo olió, pero lo que nunca había visto de parte de un oficial de la seguridad de los ciudadanos, fue la burla, la vejación y el desparpajo ante el equipaje de una dama religiosa como lo que vi hacer con las manos al cabo Guerra.

3 comentarios:

Profeballa dijo...

¡Es el colmo!.
un abrazo, gracias por contarnos.

Andrés Maturén dijo...

Profesor:

Fui alumno suyo de Semiótica en la UCAB hace ya unos 3 o 4 años, y me encontré por casualidad el blog, lo felicito por tener esta ventana al mundo para compartir con todos sus pensamientos, escritos e impresiones.

Muy interesante su crónica del Cabo Guerra; es lamentable la poca vocación de servicio que nos queda (si es que alguna vez hubo), impulsada gracias a la falta de educación. Habría que añadir que no existe algún órgano responsable al que se le pueda hacer un reclamo serio y sí el miedo que representa apuntar el dedo a un militar bolivariano.

Ya me pasaré por estos lares a leerle
Un cordial saludo

Isa dijo...

Qué paradójico, justo ayer se reseñaba en los diarios que
"El embajador de la República Bolivariana de Venezuela, Isaías Rodríguez, sostuvo una reunión este viernes con las autoridades migratorias del Aeropuerto de Madrid- Barajas para revisar el trato que reciben ciudadanos venezolanos al arribar a dicha terminal aérea".

Sinceramente provoca risa este tipo de acciones; exigiendo fuera lo que no se cumple acá.

Para leer más :http://www.minci.gob.ve/noticias-internacionales/1/192683/embajador_isaias_rodriguez.html

Saludos!!