El blog de Max Römer: La arrogancia de la chapuza

jueves, 25 de junio de 2009

La arrogancia de la chapuza

En estos días me he puesto como abogado del Diablo a revisar la prensa con ojos muy críticos. Me he percatado –no es la primera vez- que son responsables de muchas esperanzas que se convierten en desilusiones, en motivos de conversación frente a un café que terminan, como tantas cosas, desinflando los espíritus y elevando los hombros en un “¿qué se le a hacer?” incansable.

La arrogancia mediática llega a tales niveles de hacer creer que una cantante será la merecedora del premio de Eurovisión, que la selección de fútbol española sería imposible que perdiera ante los Estados Unidos, que la pobreza es controlable con campañas de comunicación, que la infalibilidad de los gobiernos y sus instituciones va más allá de cualquier cosa, que los políticos son superhéroes salidos de un comic posmoderno colgado en youtube.com, que la corrupción es galopante si se demuestra que alguien recibió un par de trajes nuevos en lugar de ver que algunos políticos terminan viviendo en paraísos cuando sólo eran propietarios de un automóvil de segunda mano antes de tomar el poder de sus carteras.

El caso es que hay que llenar los huecos con arrogancia, una arrogancia que termina siendo chapucera, fundada en lo que a mí me parece (y tal vez estas mismas palabras sean una chapuza para muchos por eso le invito a seguir leyendo) para tratar de que el otro piense que desde la verdad que construyo seré capaz de transformar al mundo.

Una chapuza –me hicieron ver mis socios- fue la matriz de opinión creada en torno a Cristiano Ronaldo y su millonaria contratación. Evidentemente, la cifra firmada es de escándalo frente al común de los mortales como usted y como yo, pero de cara al espectáculo de gladiadores de nuevo cuño que representan los deportistas, son céntimos si se compara con las entradas de taquilla, la venta de pegatinas, camisetas y chucherías que los fanáticos del fútbol van a lucir por creerse cerca del portugués. Una inversión segura, mucho más que la hipoteca de una casa.

Así pues, de arrogancias se van llenando las noticias, de esa afirmación consentida y “con” sentido que tienen (tenemos) los contertulios, escribidores y habladores de paja (incluyo en primer lugar a los “sin” sentido de muchos políticos que adoran verse y oírse en los medios) que creen que con sólo palabras se mejoran, detienen, transforman y generan las cosas.

Jean-Claude Trichet dijo en días pasados en Madrid que la crisis se solventará el día que haya confianza. Lo que no nos dijo es que esa confianza se construye con un discurso creador, con una visión holística de colectivo generador de oportunidades para todos. Los medios se pusieron arrogantes al repetir durante un par de días estas palabras del francés, haciendo así la chapuza de no darle continuidad al esfuerzo que sembró el Presidente del Banco Central Europeo, nada menos que el gerente del Euro.

La confianza de la que hablaba Trichet es la que somos capaces de entregarle a nuestra familia para ser, hacer y crecer. Es la que nos garantizamos cuando nos enamoramos y juramos ese amor. Es la que sentimos en el primer brote de primavera o con los indicios del calor de finales de junio. Tenemos confianza de que hará calor, vendrá el verdor, tendremos certeza del cariño que vamos a dar a nuestra familia. Eso, es confianza. Eso es lo que tenemos que construir. Es sumar las voluntades de todos y olvidar por un momento que sólo con dinero se crean realidades.

Si dejáramos la arrogancia de no escuchar y prestáramos atención a lo que se nos dice desde las instituciones sin cuestionamientos amarillistas, ni manos en las frentes, podríamos ver las luces que nos muestran, dejaríamos de hablar de crisis y empezaríamos a hablar de la prosperidad que se avecina. Pero de esas prosperidades futuras no se obtienen votos, ni se venden medios, ni es grato hablar frente a una cerveza en una terraza de verano.

Es por eso, que este blogger, revisándose a sí mismo, ha preferido ser autocrítico y mostrar desde ahora nuevas oportunidades, proponer cosas que ayuden a que hablemos de construir bienestar y nos deje ver que los vasos siempre tienen líquido, aunque sea esa gota que creemos final, que nos deja tragar esa pastilla necesaria.

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